Emotionis Collection

 

“Me acabo de emocionar”. ¿Te suena esta frase?
Posiblemente es de las más imprecisas cuando nos referimos a temas emocionales.
Esto se debe a que en la escuela, y seguramente en la universidad, nadie se ocupó de explicarnos nada sobre las emociones, y desde que Daniel Goleman empezó a hablar seriamente de ello en su libro Inteligencia Emocional en los años 90, lentamente nos hemos ido percatando de que es un capítulo de las personas demasiado importante como para que sigamos desatendiéndolo. De hecho, somos seres emocionales. Es más, siempre estamos sintiendo algo, viviendo alguna emoción. Por lo tanto, emocionados lo estamos constantemente: muy poco, mucho, bastante … pero lo estamos. Otra cosa es que no nos demos cuenta de ello, pero cuando esto ocurre, entonces lo que estamos es conmovidos.

Actualmente aún es habitual creer que si clasificamos a las personas podremos definir y controlar la estrategia para relacionarnos con ellas con resultados más exitosos, y así, en nuestro día a día, a menudo las etiquetamos separándoles en racionales o emocionales, lamentablemente ignorando que todas las personas somos ambas cosas
(las personas que a priori denominamos racionales también son emocionales, pues recordemos que el miedo las invade y que el miedo es una emoción, aunque quieran
taparlo). Ya sabes: el control quiere ser el remedio para el miedo.

Por ello, ante el miedo que sentimos cuando las emociones nos desbordan porque no sabemos gestionarlas, lo que solemos hacer es iniciar un discurso para evitar que se
nos noten, o nos quedamos inmóviles esperando a que se vayan, o las soltamos sin miramiento alguno. Es lo que todas las personas acabamos haciendo cuando tenemos miedo: huimos, nos paralizamos o luchamos. Pero a pesar de todo, insistimos en seguir clasificándolas, y entonces nos empeñamos en quererlas tipificar dentro de otros conceptos: sensibles o insensibles. Es ahí donde olvidamos que todas las personas tenemos sensibilidad y que abrimos ese grifo según hasta donde creemos que podremos sobrevivir con los impactos de las emociones.

De este modo, procuramos recibir la emoción que nos invade, o la que evocamos voluntariamente, filtrándola mediante nuestro umbral de sensibilidad, es decir: ubicaremos el umbral de nuestra sensibilidad justo por encima de toda aquella emoción que consideremos una amenaza, de forma que la emoción no rebase ese listón y nos libremos de sufrirla.
Pero con el tiempo, o bien nos envalentonamos y aceptamos mayor intensidad o variedad de emociones, o bien nos apocamos y reducimos nuestro abanico emocional
a la mínima expresión, aquella que podamos manejar desde nuestra ignorancia. Con algo de curiosidad o con una buena dosis de dolor, poco a poco elegimos ir usando la presencia para darnos cuenta de las emociones básicas que vivimos, y así, progresivamente vamos enterándonos de la existencia en nosotros -y desde siempre- de cada una de ellas: el miedo … la tristeza … la ira … la alegría …

Entonces, tomando perspectiva, vemos que hemos estado huyendo de las sensaciones que nos producían las emociones, a menudo para evitar que piensen que somos patosos en la gestión emocional y que acaben creyéndose que somos fácilmente vulnerables o incluso terriblemente débiles… cuando simplemente somos aprendices: estamos aprendiendo a enterarnos de quién y cómo somos gracias a las emociones que nos suceden y a esos estados anímicos en los que vivimos ciertas etapas de nuestra vida, que no son más que el haber permanecido largo tiempo en alguna emoción básica. Y así, por ejemplo, me enfado por algo concreto, me quedo enganchado a ese algo, y acabo pasándome una temporada enfadado hasta convertirme en el pitufo gruñón: el eterno enfadado con la vida.

Finalmente, descubrimos que gracias a nuestra sensibilidad, podemos darnos cuenta de las sensaciones que provocan las emociones en nosotros y que, cuando las mentalizamos, podemos gestionar los sentimientos resultantes. Afortunadamente, a veces nos damos cuenta del coste que nos supone seguir vivos pero perdiéndonos la grandeza de las emociones y sin experimentar todo lo que nos aportan, pues difícilmente entenderíamos a los seres humanos sin las emociones ni tampoco nos sentiríamos realmente vivos sin ellas.

Luciana, en un derroche de creatividad artística y de rigor profesional, nos ha acercado de forma magistral a todo este mundo emocional de la mano de una excepcional obra que aúna con tremenda simpleza todos estos grandes conceptos.

Y ahora, dime; ¿te vas a emocionar?
¡Pues va a ser que no!
Lo que ocurrirá es que Luciana logrará que te conmuevas.

Miguel Cortés (Coaching Estructural).

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